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Trasfondo de nuestros faros
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Cuaderno- Oficina Estatal de Preservación histórica de PR. "El sistema de faros de Puerto Rico"
Por: Luis A. Gutiérrez-Negrón y Arleen Pabón-Charneco

    Desde que el hombre comenzara a surcar los mares, rompiendo así algunas de las cadenas que lo atan a tierra firme, tuvo necesidad del faro, esa alta torre de las costas; luminosa en su parte superior, que sirve de guía, señal y aviso a los navegantes. La tipología arquitectónica representada por el faro es, pues, una de antiquísima historia y profundo simbolismo. El faro, ese edificio que encerraba el poder de luz, que guiaba constantemente, se convirtió en símbolo supremo de civilización. Su desafiante estructura, representaba un constante reto a los elementos de la Naturaleza.

   

    El faro más famoso de la Antigüedad fue construido en la época ptolomeica en la bahía de la ciudad de Alejandría. La estructura, edificada en el tercer siglo antes de Cristo, fue diseñada por Sóstrato de Cnido. El mismo medía cerca de 400 pies de altura y su luz era visible a unos 100 kilómetros de distancia. Este faro fue uno legendario, convirtiéndose en una de las siete maravillas del mundo antiguo. La isla donde estaba localizado, Paros, le dio el nombre a la tipología. Con el tiempo, el faro como estructura vino a ser interpretado como pórtico o entrada de los pueblos que identificaba. De sencillos platos donde se encendía una hoguera que iluminaba la rada, a estructuras como la de Paros, la tipología se fue desarrollando para poder albergar las necesidades de la ciencia de la farología. América continuó la tradición europea, siendo entre los primeros en ser eregidos el de la entonces Vera Cruz, en el siglo XVI y el de Brewster Island en Boston, iluminado entre 1715 y 1716. El faro era la primera o la última de las estructuras de los asentamientos urbanos que el viajero percibía. Por tal razón, se convirtió en símbolo, a pesar de su característico aislamiento, de civilización-- pórtico de entrada o salida de las grandes ciudades.

    Un sistema de faros pretendía ser una solución sofisticada y costosa a la defensa, cuidado y administración de la flota y el comercio de un país. Es conocido como, a veces, cornetazos, silbidos o pitos eran utilizados en vez de los costosos faros. Puerto Rico, siguiendo el deseo decimonónico de ser parte de la modernidad, gestó uno de los sistemas de alumbrado marítimo más interesantes de América. Todos los faros borincanos son mudos testigos de un pasado en el cual sostuvimos la esperanza de protagonizar un rol de importancia con relación a nuestro crecimiento y expansión.

    Ya que, con anterioridad al siglo XX, el sistema de alumbrado de los faros no era uno automatizado, la tipología en su vértice puertorriqueña conjuga también un área de vivienda para un celados o torrero. Los faros históricos de Puerto Rico son, entonces, fuente activa de información sobre las aspiraciones de nuestro pueblo y sobre los diferentes estilos de vida de nuestra gente.

    El desarrollo socio-económico de Puerto Rico durante el siglo XIX se caracterizó por una dependencia en la agricultura para fines comerciales. El comercio, bien el creado por la exportación como por la importación, era la savia de vida que nutría el país. Conscientes de esta situación, y deseando fortalecer todos los aspectos relacionados con las actividades comerciales, las autoridades españolas, a partir de la década de los años veinte, dieron inicio a una serie de proyectos de arquitectura civil. Ejemplo de esto lo fueron: la construcción de una red de carreteras, el mejoramiento de los puertos, la creación de canales, el establecimiento de líneas de telégrafo y el diseño de un sistema de alumbrado marítimo.

    La visión detrás de éste último proyecto era una sumamente abarcadora, ya que ciertas rutas cercanas a la isla, como la del Canal de la Mona, llegaron a ser consideradas rutas naturales del comercio de las naves europeas, dirigidas no tan solo a Suramérica, sino a otras partes del mundo a través del proyectado Canal de Panamá. Para lograr estos objetivos, y en vista de las condiciones geográficas de la Isla y sus islotes cercanos, se estableció como inminente la necesidad de "encender", mediante faros, a Puerto Rico, con el propósito de precaver siniestros en las rutas más frecuentadas.

    Los estudios para el establecimiento del sistema comenzaron en la década de los años treinta, cuando las autoridades percibieron la urgencia de instalar un faro en el Castillo de San Felipe del Morro en San Juan. En el 1840, se llevó a cabo un inventario de los puertos boricuas a los fines de conocer sus características principales, así como sus necesidades particulares. Tras décadas de estudios e informes, se redactó un plan general en 1869 que finalmente guió el proceso de diseño y construcción de las luces del sistema. El plan, generado por el Ingeniero Jefe Miguel Martínez Campos, abarcaba varios aspectos de relevancia, entre los cuales se encontraban el número de faros a construirse, la apariencia física de los mismos y su orden respectivo (en otras palabras, la intensidad y características principales de su luz). El resultado final del mismo fue la construcción de quince faros en la Isla.

    Mediante el sistema de faros propuesto, ejecutado en las postrimerías del siglo XIX, Puerto Rico fue encendido en su totalidad, tan solo una giralda marítima caribeña, que se iniciaba en Cuba y terminaba en España, pasando por Puerto Rico. De esta manera, la Isla se afianzaba en su intento de modernización, permitiendo que sus rutas fuesen incluidas en las cartas marítimas comerciales de la época. Al filo ya del desenlace de 1898, España trataba de que sus colonias contribuyesen a la riqueza de sus arcas, a través de la participación activa en el comercio de la época.

    A raíz del cambio de soberanía en el año 1898, el sistema de faros borincanos fue cedido, por mandato oficial del Mayor General McIntire, al gobierno de los Estados Unidos. Resulta interesante el destacar que muchas de estas edificaciones habían sido consideradas bastiones de protección durante la Guerra Hispanoamericana siendo, en muchas ocasiones, el último lugar de los poblados donde se arrió la bandera española.   

 

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